miércoles, 1 de agosto de 2012

Capítulo 2


Capítulo 2


Yo, simplemente vine a nutrirme de asombro. En mi niñez, recuerdo, me anegaba lo bello como un agua sencilla. Ni siquiera recuerdo cuándo dolió primero esta sangre que llevo. No hay una fecha exacta del arribo al espanto. Entraba a los misterios como Juan por su casa y andaba enloquecido de tanta maravilla. Todo esto sucedía de manera inocente. No escuchaba el crujido, las roturas del día ni el dolor de los árboles gastados por el viento. Simplemente crecía: con la simple opulencia de un fruto en el verano. Ni sabía que lo hermosos era hermoso: mi padre inaccesible con su sombra gigante, mi voz, que no sonaba aún sino por dentro, el aroma a regazo que envolvía a mi madre. Era como el reverso de la muerte y el grito. Andaba por la vida húmedo de milagro.
No digo que recuerdo, pero mi país era casi de un verde siempre. Por donde uno anduviera lo seguían los árboles. El canal rumoroso lo partía en el medio y luego se perdía por los cañaverales. Mi país era bueno, loco de puro grillo, lleno de sol, maduro, con sus lentos caballos. El agua, madre y greda, verde de yerba mota, nos lavaba el racimo de las uvas moradas.
Jugábamos al río con el Canal crecido, robábamos duraznos de corazón dorado, hacíamos fogatas altas como nosotros y esperábamos siempre que sucediera algo. Allí supe que puede suceder lo increíble apenas uno quiera penetrar y habitarlo y sólo estar y estarse padeciendo el misterio, quietecito, en silencio: sometido al silencio potente de la sangre.

De esa verde memoria es que conozco el llanto.
Traía un pan enorme. Detrás de mí la tarde se iba poniendo pálida. Entré en el callejón desenredando un silbo que quería aprender y que no había caso...
Fue cuando abrí la puerta que el llanto se me vino. La casa estaba llena de ese clamor extraño. Nadie me vio. Era el grito. Su primer estallido. Mi madre como un trapo con el rostro en las manos. Mis hermanos, el perro, la soledad más terca y el miedo, el lento miedo cavando en mi garganta: de golpe el llanto crudo, su jauría en mi casa.
¡ Papá!,- grité, ya herido por el miedo y el grito. Y me volví a buscarlo sin saber que lloraba. Cuando entré al Callejón la tarde ya era vieja. Yo corría aterrado en busca de mi padre.
Después regresé al llanto, solo como el olvido, y un gran río de sombras me aguardaba en la casa.

Amanecer bajo los puentes.( 1970)

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